miércoles, 2 de octubre de 2019

Es uno de esos días. Y con todas las cosas maravillosas que pasaron en el medio, sólo escribo para contarte miseria.
 Me levanto entre incertidumbres (para variar) sin mensajes y con un mensaje. Ahí empezó todo. No digo que lo haya causado. La angustia no es una tragedia espontánea. Se cocina a fuego lento y si la miras entre el vapor sólo se muestra una masa semi homogénea, con algunos trozos que sobresalen pero sabes muy bien que el caldo no es sólo de trozos. Y ese trozo fue el mensaje.
Hoy tenía planes escritos con tinta invisible. Concreté uno y lo llamé una conquista. Pero al mostro del desasosiego no le gusta el orden. Enseguida aumenta la dosis. Para colmo, la rutina, el trabajo y todas esas cosas que no pueden dejar de hacerse. Hoy quise desaparecer pero fue el día con las laburo en la semana. Todavía no me decido si es bueno o es malo.

Para conocer al caldo no alcanza con los trozos, pero por el olor te das cuenta. Y había un olor inusual, grisáceo. Distante. No sé si soy yo o simplemente se me abrió algún ojo, porque funciono mejor cuando estoy peor. Será circunstancial? Será inherente? Posiblemente una imposición cultural, quién sabe? Todo vale. Estoy intranquilo y no te quiero molestar porque seré frío pero no un forro y no sé cuánto de esto pasa y cuánto otro imagino.
Nos cuesta encontrar el punto de comunión en las perspectivas que nos construyen. Tal vez porque soy un poco más pesimista de lo que parezco y además la desconfianza es un puñal muy caliente para mi espalda en ciertos contextos, como por ejemplo el nuestro. Me estoy yendo del tema.
En resumen: te sigo extrañando.