Se que te dije que iba a escribir sobre esto, pero la verdad es que sobre esto ya nos dijimos todo, y como me dijiste, no hay que gastarlo con palabras. Palabras que podemos intentar buscar toda una vida, pero al final se resumen en el instante que nuestras pieles entran en contacto; o antes aún, cuando me ves llegar y te veo esperarme sólo separados por una soberbia vidriera que no sé qué se cree, así que la derribo y llego a tu encuentro. Un encuentro que se renueva cada vez y aumenta su intensidad. Una intensidad que no retrocede y alcanza nuevos límites. ¿Habrá un límite que no se pueda pasar? El límite último, el miedo. El miedo siempre estará, y sería insensato negarte que yo también lo tengo. Pero también tenemos esto, esto que nos pasa y no se puede evadir. Y si seguimos evadiendo, ¿en qué nos superamos?
¿Dónde nos quedamos? ¿Cómo seguimos? ¡Tantos miedos para una puerta y yo acá hablando solo! Tantos miedos a los que ya estamos acostumbrados... Y si no hay nada que perder, al menos no perdamos los abrazos.
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