Tan insulso como esta página en blanco. Día tras día me voy completando, con consecuencias y, a veces, con momentos. Pero, a modo de constante, un capítulo queda siempre sin vida. Tuve que aprender a saltearlo y continuar la historia sin él, siempre con esa ambición al principio, devenida en anhelo al final, subyacente en cada trazo consiguiente de que esa sangría, seguida de mayúscula, corresponda a él.
Pero aún no aparece. Y al principio desesperaba. Es uno de mis demonios más profundos, uno que apenas entiendo y con el único que mantengo esta guerra fría que, de vez en cuando, como hoy, estalla en algún satélite de mi subconsciente y saco a relucir mi peor tipo de nihilismo: el que construye el sentido de su vida.
Hoy, en comunión, acepto el posible y fatal desenlace para ese capítulo. Aún no sé cómo decírselo. Quizá haciendo una fiesta antes, o simplemente en confidencia compartiendo unas birras. Lo importante es ser diplomático para no dar lugar a malas interpretaciones. Y nadie quiere una de esas tristezas mudas, pero pasan. Ahí están y con ellas habrá que lidiar en lo que queda de la existencia.
Como verán, no se me dan muy bien las palabras, así que a veces pierdo las batallas.
Como hoy.
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