Quien no cierra los ojos es porque le teme a sus sueños.
Volvió el insomnio. Pequeño intervalo extraño viví en el que dormí mucho más de la cuenta, pero parece que hoy se acabó. Y es la primera vez en meses que escucho al primer pájaro recibiendo al horizonte acompañado por un Coltrane y mi mirada fija hacia un techo que nunca fue tan blanco. Las responsabilidades del siguiente día aguardan implacables en algún ático de mi mente, donde supe ponerlas en pos de desligar mi alma de todo lo ajeno a la música. Y así es como fluyen los sonidos. Los dejo salir, entrar y volver a salir, por un lado y por el otro, como si fuesen orbitales de mi ser, completando mi octeto, dándome esa estabilidad que casi nunca tengo y que no puedo tener porque ella es la que me tiene a mi, la que me da forma
y me arroja
y me estira
y me retiene
y me suelta.
Ella es la que me sostiene, pero no la que me mantiene. No sé qué me mantiene. Lo he buscado en las hojas, en las melodías, en la vida, en la muerte y en los demás. Pero ni siquiera sé si hay algo que mantener. Casi siempre las respuestas que no encontramos son por nuestra incapacidad de formular las preguntas correctas. Nuestra incapacidad de pensarnos. Nuestra incapacidad de sentirnos inconformes. Mi incapacidad va más allá de lo inteligible. Solía preocuparme. A veces lo hace (no voy a mentir a esta altura), pero la mentira es audaz, y lo que sea que concluya siempre será una mentira. ¿No es gracioso eso de establecer certezas sobre uno mismo, como si conociésemos nuestro propio universo? Somos un caos materializado. Todos los conceptos que tenemos de estabilidad son puramente ficticios, y creados para sostenernos en un unvierso sin suelo ni cielo. Vagamos en un vacío constante dentro de una bola de cristal, y aún así tenemos el tupé de considerarnos "estables". Incluso la religión, madre de todas las estabilidades, falla en cierto punto de inflexión que poseemos, que no tiene un "dónde", sino más bien un "cuándo" y que aparece como una fuerza natural, impenetrable; como unaley universal.
Pero no es que esté tan oscuro el tunel. Se puede ver una luz. Extrañamente, las artes nos otorgan cierta estabilidad espiritual inexplicable, pero completamente reveladora cuanto más inentendible. Y ahí radica aquella dualidad arte/ciencia, donde la segunda es más reveladora cuanto más sentido tiene.
Ahora estoy sumergido en la aleatoriedad, y eso paradójicamente, me produce la mayor y más sincera estabilidad posible. Un hecho que supera la facticidad de cualquier otro hecho, sin seguir el mínimo de sus métodos. Un vórtice en sí mismo donde ciencia y arte se unen y desunen; se expanden y colapsan y así, en medio del caos, el todo que me compone encuentra el equilibrio deseado.
Y así es como volver a la cama me resulta tan insípido y ajeno a mi persona (pero aún así necesario), porque al fin y al cabo no somos más que pequeñas y egoístas células separadas, cual capricho adolescente, del universo al que pertenecemos, sin poder nunca emanciparnos completamente de él.
10/11/14
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